jueves, 4 de diciembre de 2008

PSICOANÁLISIS Y MEDICINA 4. CÁNCER


CAPÍTULO III DEL LIBRO PSICOANÁLISIS Y MEDICINA. Editorial Grupo Cero. 2001. Autoras: Dra. Pilar Rojas, Dra. Alejandra Menassa, Dra. Inés Barrio

CÁNCER
El cáncer continúa siendo una enfermedad misteriosa y fatal. A pesar de que los avances de la ciencia han disminuido el índice de mortalidad o han aumentado la supervivencia, representa la segunda causa de muerte en los EEUU, generando aproximadamente 550.000 óbitos anuales. Se estima que en los próximos años superará a las cardiopatías para convertirse en la primera causa de muerte.
Estadísticas globales, señalan que el 40% de los pacientes sobrevive los 20 años posteriores al diagnóstico, teniendo en cuenta un parámetro clínico fundamental, que es la detección precoz, particularmente la mamografía en mujeres y el dosaje de PSA (antígeno prostático específico) en varones, para la detección de tumores de mama y próstata, respectivamente, que son además los de mayor incidencia por sexo.
Los especialistas consideran a los factores emocionales como claves en su aparición y desarrollo, postulándose en general una depresión profunda como cuadro clínico subyacente y no reactivo frente al diagnóstico, con afectación del sistema inmune y la consiguiente aceleración del crecimiento tumoral así como el avance de la enfermedad neoplásica en general, con producción de metástasis y recidivas.
La célula normal y la cancerosa no son fundamentalmente distintas: mientras una crece y se reproduce bajo determinadas condiciones, la otra lo hace en forma anárquica.
Una de las hipótesis más elaboradas es la de la célula iniciada o transformada, en la que por diferentes motivos, se ha producido un salto, una modificación en el material genético que controla la proliferación, la maduración, el patrón metastásico y la senescencia celular.
Aunque la mayor parte de los cánceres se producen por mutaciones que ocurren en las células normales del huésped (mutaciones somáticas), algunos de los genes que contribuyen a la transformación maligna han sido reconocidos mediante el estudio de familias que tienen un elevado riesgo de cáncer en diversos órganos. Un ejemplo de estas mutaciones de las líneas germinativas incluyen las mutaciones en el gen p53 (síndrome de Li Fraumeni), el gen RB1 (retinoblastoma) y el gen APC (poliposis adenomatosa del colon). En estas mutaciones, a menudo participan los oncogenes (que comienzan a funcionar gracias a la mutación), los genes supresores de tumores (que contribuyen a la neoplasia a través de la pérdida de función) y los genes de los mecanismos de reparación del ADN (que cuando sufren una mutación, no pueden corregir los errores de duplicación del ADN). Pequeñas modificaciones en la configuración del ADN le causan a la célula huésped la transformación maligna: crecimiento y división celular.
Esta iniciación celular todavía no es capaz de desarrollar todo el proceso, de hecho, la reproducción celular permanente permite la aparición de elementos “diferentes”, pero que no tienen ningún porvenir y son eliminados por diversos mecanismos. Aquí aparece en escena la Oncoinmunología, y la pregunta que uno se formula es: ¿el crecimiento de un tumor o la propagación de un cáncer, denota un fallo en la vigilancia inmunológica del sujeto? ¿Cómo es posible que un sistema protector del organismo permita el desarrollo de una neoplasia?
La inmunovigilancia es la situación por la cual el organismo se defiende de las agresiones externas e internas, dando lugar en relación al cáncer, a que el huésped tenga para con el tumor una actitud indiferente, de rechazo o hasta de facilitación.
El cáncer se desarrolla cuando una célula acumula cambios en los genes que controlan el crecimiento y la supervivencia celular. Normalmente, cuando una mutación es irreparable, la célula afectada se autodestruye antes de volverse peligrosa. Pero si no muere, ella y sus descendientes pueden acumular cambios como para crecer descontroladamente y dividirse.
La salud de todos los organismos pluricelulares, incluidos los humanos, depende no sólo de la producción de nuevas células, sino de que sus células puedan autodestruirse cuando carecen de función o sufren una alteración. Este fenómeno crítico se denomina apoptosis o muerte celular programada. La regulación aberrante de este mecanismo, que puede determinar un exceso o un defecto de suicidio celular, contribuye a patologías muy diversas, desde la artritis reumatoide, pasando por el SIDA, la enfermedad de Alzheimer y por supuesto, el cáncer.
La maquinaria letal está puesta al servicio de la preservación del organismo en su conjunto, ya que impone el autosacrificio en los casos de pérdida de función o peligrosidad de la célula.
En griego clásico apoptosis significa caerse, como caen las hojas de los árboles en el otoño. A diferencia de la necrosis, donde la célula es una víctima pasiva, esta forma de muerte es activa y requiere que la célula gaste energía en su propio ocaso. La mayoría de las células fabrican una serie de proteínas que se utilizan como armas autodestructivas. Se trata de unas enzimas que degradan proteínas, denominadas proteasas de tipo ICE, por su semejanza a la enzima transformadora de la interleucina 1, que fue el primer miembro del grupo que se descubrió.
En la autoinmunidad, las células inmunitarias no mueren cuando se supone que deberían hacerlo. En el cáncer, son las células tumorales las que dejan de autosacrificarse. De hecho, la definición de cáncer cada vez se acerca más a la de una patología en la que se produce una excesiva proliferación celular, unida a una pérdida de capacidad destructiva.
En muchos tumores, el daño genético parece que impide que se induzca la apoptosis, ya que sus células han inactivado el gen que cifra la proteína P53. Esta proteína conduce a la activación de la maquinaria apoptósica de la célula cuando el ADN sufre daños. En más de la mitad de los tumores sólidos, incluidos los de pulmón, colon y mama, falta la proteína P53 o no es funcional.
Las células que alcanzan el estado canceroso, podrían eliminarse por otros inductores apoptósicos. La tendencia de las células normales a suicidarse cuando les faltan sus factores de crecimiento normales o el contacto fisico con sus vecinas, constituye un mecanismo de defensa contra las metástasis. La rápida activación de la apoptosis en las células tumorales que abandonan su tejido originario, erradica presumiblemente a muchas células metastásicas antes de que tengan alguna posibilidad de desarrollo. Pero las células cancerosas se adaptan para volverse insensibles a los efectos apoptósicos de la falta de factores de crecimiento y la pérdida del contacto célula-célula.
Otras proteínas relacionadas con este mecanismo letal, se ven comprometidas en los estados malignos. En varios tipos de cáncer, ciertos linfomas por ejemplo, se impide la muerte celular mediante una síntesis desmesurada de Bcl-2, la proteína inhibidora del suicidio. Esta proteína protege a las células cuya pérdida sería devastadora para el organismo, pero esta protección tiene un alto costo, ya que si las células en cuestión se tornan cancerosas, engendran tumores más agresivos.
Consideremos los melanocitos, células productoras de melanina. Este pigmento oscurece a otras células de la piel y previene los efectos causados por la absorción de dosis letales de luz solar. Si los melanocitos muriesen fácilmente, correrían peligro las otras células, por eso los melanocitos fabrican grandes cantidades de Bcl-2. Sin embargo, cuando ellos mismos resultan genéticamente dañados, no son tan propensos al sacrificio como otras células de la piel, y al malignizarse tienden a constituir tumores muy agresivos que se propagan con celeridad.
La teoría psicoanalítica sostiene que todos estos hechos celulares y los mecanismos biológicos que se ponen en marcha, tienen expresión psíquica.
Cáncer, del griego Karkinos, es lo que corroe, corrompe o consume, cáncer es lo que mata. La paradoja esencial es que mata por lo que no muere cuando debe morir en el sujeto, mata porque hay un desacato primordial. En la estructura psíquica de estos pacientes subyace un delirio de inmortalidad.
En su artículo Psicoterapia por el espíritu, Freud propone un concepto de muerte donde ésta siempre es un hecho psíquico, sobredeterminado por la historia del sujeto. “El sujeto biológico muere cuando el sujeto psíquico deja de desear”, dirá, para expresar que la función deseante está en una relación fundamental con la muerte, que lo que cesa en el hombre no es la actividad cardiorrespiratoria, sino el deseo.
La producción de un cáncer sitúa al paciente en el lugar de un sentenciado, lo deja sin futuro, amenazado por una muerte anticipada y con padecimiento.
El canceroso se dispone a morir al estilo del melancólico, que al no aceptar lo perdido es lo perdido, sólo que en el cáncer el objeto amoroso es el propio cuerpo inmortal.
Ella, la célula, trabaja para sí misma en la cadena de transmisión, fuera de la función para la que está destinada, fuera de la Ley.
Pervierte el código asegurando así su propia vida en una producción ilimitada, inútil y potencialmente letal para el organismo en su conjunto.
El paciente canceroso elige la mortificación de la carne por la pulsión autodestructiva, antes que someterse al significante para ser sujeto del lenguaje.
Ella, presa de su egoísmo narcisista, detenida en la parcialidad pulsional, no se subordina al orden fálico.
Desorden, anarquía, locura celular y un enemigo endógeno que actúa en plena libertad, en connivencia con un sistema inmunológico cómplice del desacato. La desobediencia primordial que denota este mecanismo de cascada que irá a desembocar en la muerte, nos remite a pensar en el mecanismo de forclusión del Nombre-del-Padre.
La prohibición del incesto es universal, lo peculiar en cada uno será su modo de aceptar o transgredir esta Ley, en los modos de renunciar al deseo. Así, se tratará de un deseo prevenido en las fobias, insatisfecho en la histeria, detenido en la perversión y deseo forcluido en la psicosis.
Ella, “la loca”, triunfa sobre la muerte, enarbola su sueño de inmortalidad para lo cual es preciso contar con una vigilancia perversa que desvía la mirada de su función con un alto coste para el sujeto: su propia vida.
El padre impotente de la histérica, el padre potente de la homosexual, el padre omnipotente del psicótico, dan cuenta en la clínica de la importancia de la función paterna, metaforizada en el sujeto como Nombre-del-Padre, significante fuente de la significación fálica. Cuando hay forclusión del Nombre-del-Padre se produce disolución imaginaria, se instaura la psicosis.
Freud produjo el último mito de Occidente, el mito del Padre muerto, el padre inasesinable, en tanto muerto el padre, nada está permitido. Decir el Padre muerto consolida la Ley. El Nombre-del-Padre es el nombre del Padre muerto. La prohibición del goce de la madre se produce a partir del padre muerto. Cuando Edipo descubre que ha asesinado al padre, la madre queda prohibida. El mito muestra así que la condición del Goce es el asesinato del padre. Edipo paga el precio de la castración no sólo quedando condenado a sufrirla, sino siendo la castración misma. He aquí la renuencia del canceroso, he aquí su insurrección y su condena.
En su obra Introducción al narcisismo, de 1914, Freud sostiene que el sujeto es el portador mortal de una sustancia quizás inmortal. Esta condición es lo que lo liga a la especie, aceptando la ley de reproducción sexuada que le indica que algo debe perderse en él, de él, para que la especie sobreviva. Se trata de un saber acerca de la propia muerte, se trata de renunciar a la inmortalidad.
Nuestra cultura, avalada incluso por el curso de la ciencia, considera la muerte como un fenómeno tabú, no perteneciente al ciclo de la vida.
El psicoanálisis se atreve a sostener que en el inconsciente, cada uno de nosotros está convencido de su propia inmortalidad, la muerte propia no tiene representación.
Pensar el cáncer como una idea mortal abre una expectativa de trabajo apasionante para tratar la enfermedad, un más allá de la clásica concepción de una psicoterapia complementaria al tratamiento médico. El psicoanálisis nos conduce hacia los determinantes inconscientes de haber enfermado, sin limitarse a lidiar con el sufrimiento psíquico, que se interpreta como una consecuencia patoneurótica de la enfermedad.
La experiencia recogida confirma lo que la oncología actual, a partir de los descubrimientos en el área de la inmunología, afirma con énfasis: debemos reemplazar el acento de nuestras indagaciones desde la enfermedad denominada cáncer, hacia el enfermo canceroso.
El Dr. Miguel Menassa sostiene que para enfermar es necesaria una capacidad. Agregamos que para enfermar de cáncer es necesaria una gran capacidad que el psicoanálisis puede leer, interpretar desde la estructura psíquica del sujeto, situándose de esta manera en la línea de prevención.
El diagnóstico de una enfermedad letal será recibido de acuerdo a la personalidad premórbida del sujeto, con reacciones paranoides, de pánico, depresión o fenómenos de despersonalización y el psicoanálisis podrá mostrarse efectivo en cualquier caso.
Sin embargo, se trata de otro orden de comprensión, de un nuevo nivel de objetividad, que reconstruya a partir de los efectos y no que suponga que el conocimiento de todas las causas pueda conducir al control de la enfermedad.
Aceptada la castración, el sujeto elegirá encontrarse con la muerte por el camino más largo, el camino de la vida.
Numerosos laboratorios se hallan abocados al diseño de nuevos fármacos para influir sobre los procesos de autodestrucción celular, favoreciéndolos o inhibiéndolos. “Los biólogos, -dice Freud- deben avanzar todo cuanto puedan. Nosotros también debemos avanzar, algún día nos encontraremos”.
Hemos trabajado hasta aquí las estructuras psíquicas que subyacen al desarrollo de una neoplasia: psicosis y perversión, en sus enlaces con el sistema inmunológico.
Vamos a plantear ahora la relación entre el cáncer y la depresión, teniendo en cuenta por un lado, el concepto de inmunovigilancia y su papel en el desarrollo de tumores, que ha sido tratado en páginas precedentes y por otro las observaciones clínicas. Estas últimas demuestran que el paciente canceroso es un paciente inmunodeprimido, es decir, que su sistema inmunológico falla, por eso son tan proclives a padecer infecciones. Además, los pacientes con inmunodeficiencias congénitas tienen un riesgo más elevado de padecer cáncer que el resto de la población. Podemos concluir que la inmunodepresión, con el consiguiente fallo en la inmunovigilancia, juega un importante papel en la génesis del cáncer y una vez establecido el mismo, también en su curación. De hecho la terapia inmunomoduladora (fármacos que potencian el sistema inmune), se está investigando en la lucha contra el cáncer, con resultados prometedores.
Los aportes de la Psiconeuroinmunología de los últimos años han demostrado que el sistema inmune es altamente influenciable poMo psíquico. Hay varios ensayos donde se relaciona el grado de depresión del sujeto con la actividad de sus linfocitos, y su capacidad de respuesta a la neoplasia.
Es decir, que cuando el sujeto está deprimido, su sistema inmunitario también lo está, como expresión del mismo fenómeno patológico, y este estado de inmunodepresión facilita, a través de la inmunovigilancia, el crecimiento de las células tumorales y además, por fallo en la lucha posterior contra el tumor, permite el crecimiento y el mantenimiento del mismo.
En cuanto a la epidemiología del cáncer, en 1996 se diagnosticaron 1.360.000 nuevos casos (756.000 varones y 595.000 mujeres) en EE.UU. Como hemos indicado anteriormente es la segunda causa de muerte en el mundo, después de las cardiopatías, añadiendo que la incidencia del cáncer va en aumento, mientras que la muerte por cardiopatía, sobre todo por infarto agudo de miocardio, está disminuyendo.
Clásicamente se ha visto una asociación entre depresión y cáncer. Uno de los tumores que se vincula más directamente es el de páncreas, pero según la concepción médica sería el diagnóstico y la asociación por parte del paciente con la idea de enfermedad mortal lo que provocaría la depresión. Se plantea el cáncer como etiología de la depresión en un modelo de causa-efecto. Nuestro planteamiento sostiene en cambio que la depresión podría ser la causa del cáncer, aunque no es exactamente un modelo de causalidad el que sustentamos, porque esto sería establecer una separación entre psíquico y somático que en realidad no existe. No es que no existan la psique y el soma, sino que son inseparables. No traemos lo psíquico como causa de lo somático, sino que planteamos el cáncer como una expresión en el cuerpo de la depresión en el psiquismo.
El ensayo médico más clásico en el estudio de esta vinculación lo aporta Spiegel, en 1981, donde se demostró que el tratamiento psicológico de estos pacientes mejoraba su calidad de vida de manera importante. Trabajos posteriores hasta 1999, han intentado demostrar además una prolongación de la supervivencia, y algunos lo han conseguido para un subgrupo de pacientes.
En un trabajo realizado entre 1984 y 1988 en hospitales franceses, por “psicosomatólogos” del equipo de Pierre Marty, sobre 122 pacientes portadoras de cáncer de mama, mediante un estudio retrospectivo (es decir, investigando los procesos previos al desarrollo del cáncer), se estableció que un duelo mal elaborado se asociaba con un riesgo casi once veces mayor de desarrollar cáncer de mama que en la población general.
Muchos autores se sorprenden de que los pacientes conserven este humor deprimido años después de la curación definitiva del tumor. Sin embargo esta observación no les lleva a plantearse que la depresión pudiera ser la condición previa del paciente, y esto se debe a que la concepción de la medicina es la de la enfermedad orgánica como causa de la patología psíquica, y muy pocas veces se acepta al cuerpo participando de los procesos psíquicos. No obstante, esta cuestión está siendo actualmente investigada en diversos centros oncológicos de todo el mundo.
Para el psicoanálisis, la depresión se estudia en forma paralela al duelo, que se define como la reacción ante la pérdida de un objeto amado, ya sea una persona o un ideal como la patria, la libertad…
Tanto en la depresión como en el duelo, hay una pérdida del interés por el mundo circundante, una inhibición que puede recaer en cualquiera de las funciones del sujeto, ocasionando por ejemplo insomnio o anorexia. Pero este cuadro clínico no es la manera en que se presenta más frecuentemente la depresión. En medicina se conoce como “depresión enmascarada” aquella que debuta con múltiples síntomas somáticos, para los que no se encuentra etiología orgánica, y que mejoran con el tratamiento de la depresión.
La diferencia más significativa entre el duelo y la depresión, son los supuestos autorreproches que se dirige el deprimido y que nunca escucharemos dirigirse a una persona en duelo. En realidad, los reproches que se hace, parecen no corresponder a su persona, y es observable en todos los casos que están destinados al objeto perdido.
La depresión siempre se establece como el duelo, frente a una pérdida, la diferencia es que en el duelo el sujeto sabe lo que ha perdido, mientras que en la depresión no sabe lo que ha perdido y si lo sabe, no sabe lo que con ello ha perdido.
Para no abandonar al objeto, se identifica con él, lo incorpora a su yo. Se dice que el objeto ha caído como una sombra sobre el yo. Se trata de una identificación de carácter narcisista, única manera de explicar que la libido tan ligada al objeto, pueda tan fácilmente retrotraerse al yo, es decir, que la elección de objeto ya se realizó bajo una forma narcisística: el objeto amado es lo que el sujeto fue, lo que es, lo que desearía ser. Podemos decir que el yo, después de esta identificación, es el objeto perdido.
En los sentimientos de repulsión y aversión que surgen hacia las personas extrañas, podemos ver la expresión de un narcisismo que tiende a autoafirmarse, y se comporta como si cualquier desviación de sus propiedades fuera una crítica contra las mismas y una invitación a modificarlas (narcisismo de las pequeñas diferencias). Toda esta intolerancia desaparece en la masa, en la cual mientras la formación se mantenga, unos sujetos toleran las particularidades de los otros. Tal restricción del narcisismo no puede ser provocada más que por un sólo factor, que es el enlace libidinoso a otras personas.
En el cáncer hay una pérdida del altruismo celular, una regresión a un estado donde impera el narcisismo.
La identificación que se menciona previamente, que acontece en la melancolía para conservar el objeto perdido, es desde el principio ambivalente, y puede concretarse tanto en sentimientos cariñosos como en un deseo de desaparición del otro, sobre todo cuando ese otro es el objeto que lo ha abandonado. Se comporta como una ramificación de la fase oral del desarrollo de la libido, durante la cual, el sujeto se incorporaría al objeto amado comiéndoselo, y al hacerlo así lo destruiría.
Luego los reproches que se dirige el melancólico en realidad van dirigidos al objeto perdido incorporado a su propio yo, y no sólo los reproches sino la autoagresión, que puede llegar hasta el suicidio. En este sentido el deprimido es un asesino tímido, no es a él a quien mata cuando se mata, sino al objeto perdido.
Esta regresión al narcisismo en el paciente deprimido es una condición fundamental para la génesis y evolución del tumor, puesto que para la conservación de la vida es necesario que algunas células mueran para que el resto del organismo sobreviva. Si se pierde este altruismo celular es el sujeto el que muere.
A esta altura del desarrollo teórico deberíamos replantearnos si la inmunodepresión facilitadora de la proliferación tumoral no será una inmunodepresión relativa, es decir, que incluso con un sistema inmunitario competente, existe una célula que consigue burlarlo.
El sistema HLA, se compone de una serie de proteínas que expresadas en la célula, permiten su reconocimiento por el sistema inmunológico. Estas proteínas, que son las señas de identidad de las células, sirven tanto para reconocerlas como propias y no atacarlas como para destruirlas cuando están mutadas o infectadas por virus.
Las células cancerosas son capaces de no expresar estos antígenos de histocompatibilidad, y de esta manera escapar al destino mortal que les esperaba.
Hay tres tipos de identificación: una primera, la identificación al padre que es la constitutiva del sujeto, la que constituye el ideal del yo. Una segunda que es una identificación al objeto, a un rasgo del objeto, no a la totalidad, y una tercera, la identificación al deseo, que se denomina identificación histérica, si bien las tres formas se dan en todo sujeto.
La identificación melancólica es posterior a la elección de objeto. El sujeto se identifica con el objeto amado y perdido, lo incorpora a su yo, lo cual implica una regresión ya que la identificación primera es lo que permite la elección de objeto, y una vez llevada a cabo la elección, hay una regresión a la fase de identificación, y toda regresión conlleva una defusión, una separación de la pulsión sexual y la pulsión de muerte, que trabajan siempre juntas para la conservación de la vida. Todo Eros, moriríamos en el abrazo, es necesario Tánatos, la puntuación, eso que viene a marcar el final del abrazo, la posibilidad del comienzo de otros abrazos. Esta identificación regresiva, deja libre la pulsión de muerte que, por fin, acabará con la vida del sujeto.
Preso de la melancolía, el sujeto parece autocriticarse continuamente, cuando en realidad critica al objeto perdido, pero toda crítica tiene que ver con un sentimiento de culpa. El sentimiento consciente de culpabilidad reposa en la tensión entre el Yo y el Ideal del Yo, es la expresión de una condena del Yo por su instancia crítica. En la melancolía el Superyo ha atraído hacia sí la conciencia, pero aquí no se atreve el Yo a iniciar protesta alguna, se reconoce culpable y se somete al castigo.
En la neurosis obsesiva, donde también existe un poderoso sentimiento de culpa, vemos que el sujeto no acepta este sentimiento de culpabilidad, como lo hace el melancólico, sin protesta alguna.
Esto se debe a que en la neurosis obsesiva, los impulsos reprimidos permanecen exteriores al yo, en cambio la melancolía nos muestra que el objeto sobre el cual recaen las iras del superyo, ha sido acogido por el yo. Es muy frecuente que los pacientes cancerosos se pregunten qué han hecho mal para tener esta enfermedad, se sienten,de alguna manera, culpables aunque en realidad es una culpa prestada porque sabemos que el ensañamiento es contra el objeto perdido.
La depresión sería la defensa del sujeto frente a la pérdida de objeto. El yo del sujeto incorpora el objeto perdido, por identificación. El melancólico llega al suicidio porque con ello asesina al objeto perdido. Lo que da este carácter destructor a la relación del ideal del yo con el yo, en el melancólico, es por un lado la regresión, que provoca una defusión de las pulsiones, separándose la pulsión de muerte de la pulsión sexual, y por otro lado, la ambivalencia de esa identificación primordial, que guarda a la vez el amor al padre y la rivalidad de la competencia por el amor de la madre. El cuerpo es el escenario en el que el melancólico ejecuta el asesinato del objeto perdido, pudiendo llegar así a la frase de que el cáncer es el medio por el cual el deprimido consuma su suicidio.
Hemos planteado una hipótesis según la cual la depresión podría estar en la base del desarrollo del cáncer, habiendo de hecho varios trabajos médicos en marcha bajo esta misma idea.
Como dice Lacan, las palabras son cuerpo sutil, pero son cuerpo, están atrapadas en todas las imágenes corporales que cautivan al sujeto, son las que preñan a la histérica.
Cuando se trata del sujeto psíquico, no es posible considerar al lenguaje sin lo pulsional, siendo la teoría psicoanalítica el único modo de acceso a lo pulsional, capaz de articular una práctica que pueda acercar al sujeto otras maneras de gozar, sin lesión orgánica. Para modificar esa frase que tortura al deprimido tiene que serle restituida su capacidad de sustitución.
Además, hay otra cuestión digna de ser trabajada. No todos los sujetos son capaces de padecer cualquier enfermedad, hay en juego una sobredeterminación psíquica inconsciente, hay que estar sometido a determinados fantasmas, a determinadas frases, que lleven al paciente al desarrollo o no de un cáncer y a la elección de una u otra localización.
En el cáncer de endometrio, por ejemplo, se describió una más alta frecuencia en monjas, se estableció su relación inversa con el número de hijos de las pacientes, siendo por último más frecuente en mujeres que no mantenían relaciones sexuales. Se trata únicamente de una hipótesis de trabajo, pero quizá estas mujeres no hubiesen tenido necesidad de enfermar aún sin haber sido madres, es decir que toda mujer puede, si tiene el significante madre, ejercer la función aunque no tenga hijos, como también puede ejercer la función padre.
Un sujeto en análisis es capaz de construir el significante de la falta en el Otro, de darse cuenta de que es mortal por proceder de padre y madre, seres mortales, por pertenecer a la especie humana.
Y saberse mortal, salva la vida.
(Cuadro: Cobre de hojas perdidas de Miguel Oscar Menassa www.mongallery.com)